
Autor: Niimi Nankichi
Traducción al español por Carlos Paredes
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1
Este es un cuento que escuché de Mohei, un hombre mayor que vivía en nuestra aldea cuando era niño. Hace mucho tiempo había un pequeño castillo en un lugar llamado Nakayama, cerca de nuestro pueblo, el cual era la residencia de un noble del mismo nombre. Un poco alejado de ahí, en lo profundo de la montaña, vivía un zorro de nombre Gon.
Gon era un cachorro huérfano que hizo su madriguera entre los helechos en el corazón del bosque y que, fuera de día o de noche, pasaba su tiempo haciendo travesuras en una villa cercana. Iba a los campos a desenterrar las papas, prendía fuego donde colgaban las cascaras de canola o arrancaba los pimientos de los huertos de los campesinos, entre muchas otras diabluras.
Esto ocurrió un otoño, había estado lloviendo por dos o tres días seguidos y Gon no había podido salir, sin más remedio que acurrucarse en su madriguera. Una vez paró la lluvia, Gon se arrastró fuera del agujero. El cielo estaba despejado y se escuchaba el canto de los alcaudones. Caminó hasta el dique del riachuelo de la villa. Las gotas de lluvia todavía brillaban en las espigas del plateado chino de la cuenca. El arroyo siempre tenía poca agua, pero después de tres días de lluvia, el nivel había subido considerablemente. Incluso el pasto y los arbustos de tréboles se habían hundido en las turbias aguas amarillentas. Gon caminó por el lodo río abajo cuando, de pronto, vio a una persona en medio del caudal. Se escabulló entre las hierbas hasta alcanzar un punto en el que no fuera descubierto y observó. —Es Hyōjū —pensó. Hyōjū vestía un kimono maltratado con las mangas arriba, el agua le llegaba hasta la cintura, parecía estar pescando o, más bien, agitando vigorosamente una red. Una hoja de trébol, una muy redonda, se le había pegado a un costado de su cinta para la cabeza y hacia parecer que tenía un lunar.
Después de un rato de estar sacudiendo la red, Hyōjū la tomó del extremo posterior donde había hecho una especie de saco y la comenzó a sacar del agua. En el interior había raíces de plantas, hojas y pequeños troncos, aunque también había destellos blancos. Estos correspondían a las barrigas gordas de algunas anguilas y la piel de uno que otro sillago. Hyōjū los ponía en el interior de una canasta al tiempo que sumergía la red de nuevo. Una vez terminado, tomó el cesto y lo puso sobre el dique para después ir a buscar algo río arriba.
En el momento que Hyōjū dejó el lugar, Gon saltó de entre la hierba y se acercó al canasto. Fue en ese momento que sintió ganas de hacer una broma. Tomó algunos pescados de la canasta y los lanzó en dirección contraria a la red, de manera que estos pudieran huir. Uno a uno los peces hacían un pequeño ruido al entrar al agua y adentrarse en la ribera lodosa. Finalmente, tomó una anguila regordeta, la cual no dejaba de resbalarse entre sus patas. Gon, desesperado, tomó la cabeza del animal con su hocico, pero el cuerpo se enredó en su cuello. Justo en ese momento, en la lejanía, Hyōjū gritaba enojado —¡Maldito zorro ladrón! —Gon saltó asustado e intentó quitarse la anguila del pescuezo para poder huir, pero estaba fuertemente adherida a él. Finalmente, dio un salto hacia un lado y corrió.
Al llegar cerca de su madriguera, Gon se detuvo bajo un aliso y echó la vista atrás para mirar si Hyōjū lo perseguía, pero no había rastro de él. Aliviado, mordió la cabeza de la anguila para que esta lo soltase y se la quitó de encima, dejándola sobre la hierba fuera de su escondite.
2
Transcurrieron alrededor de diez días y Gon, al pasar tras la casa de un campesino llamado Yasuke, notó que la esposa se estaba ennegreciendo los dientes a la sombra de una higuera. Mientras que, más adelante, la esposa de Jinbe, el herrero, se peinaba el cabello. —Algo está pasando aquí —pensó el pequeño zorro—. ¿Qué será? ¿Un festival por el otoño? Si ese fuera el caso se escucharían los tambores y las flautas, además habría banderas colgando en el templo.
Gon caminó reflexionando en esto y, sin darse cuenta, llegó al pozo de arcilla roja en la casa de Hyōjū. Dentro de la vieja y pequeña casa había un vasto grupo de personas. Algunas mujeres vestidas con kimonos formales llevaban una pequeña toalla atada al obi en su cintura mientras atendían un fuego en la cocina. Tenían una gran olla con algo hirviendo en su interior. —Oh, es un funeral—pensó Gon—. Me pregunto quién habrá muerto en casa de Hyōjū.
Entrado el mediodía, se dirigió al cementerio de la villa y se escondió entre las seis estatuas jizō que ahí había. Hacía buen tiempo y, si se levantaba la mirada, se podían ver a lo lejos las resplandecientes tejas del castillo. En el panteón las lycoris radiata florecían tendiendo un manto rojo. Fue entonces que se escuchó una campana proveniente de la villa, señal para que iniciase la procesión fúnebre, y comenzó a ver la marcha de gente vestida con kimonos blancos aproximarse. La peregrinación entró al camposanto y, a medida que avanzaba, las flores quedaban aplastadas. Gon se levantó sobre sus patas traseras y vio a Hyōjū ataviado en un traje ceremonial blanco llevando la tableta mortuoria de su madre. Su cara, siempre reflejo de su enérgico carácter y roja cual tomate, ese día parecía no tener color.
—Conque fue la madre de Hyōjū quien murió —pensó Gon mientras bajaba la cabeza. Esa noche, ya de regreso en su madriguera, reflexionó:
—La madre de Hyōjū estaba enferma, por eso le pidió una anguila. Esa es la razón de que estuviera en el arroyo agitando su red. Haciendo memoria, yo le hice una travesura y me llevé su anguila, entonces no se la pudo dar de comer a su madre y esta falleció. Tal vez murió pensando: «¡Ah! ¡Quiero comer un poco de anguila! ¡Quiero anguila!». Cómo desearía no haber hecho semejante cosa.
3
Hyōjū se encontraba lavando un poco de cebada en el pozo de arcilla roja. Hasta ese momento, él había vivido solo con su madre llevando una vida modesta, pero, ya que ella no estaba más, ahora se encontraba completamente solo. —Hyōjū está tan solo como yo —pensó Gon mientras lo observaba desde una bodega. Estaba decidido a continuar su camino cuando se escuchó el pregón de un vendedor de sardinas. —¡Sardinas! ¡Sardinas baratas! ¡Deliciosas sardinas vivas!— Gon se precipitó a su encuentro. Entonces se oyó la voz de una mujer, era la esposa de Yasuke, quien desde la puerta de su casa decía —¡Deme una por favor!— El vendedor dejó su carro a un lado del camino y tomó de la canasta unas cuantas sardinas con ambas manos para dirigirse al interior de las casa de Yasuke.
Gon se escabulló hasta el cesto y tomó cinco o seis sardinas y volvió por donde había llegado. Se acercó a la puerta trasera de la casa de Hyōjū y lanzó los pescados al interior para después regresar a su madriguera. En el camino de vuelta dirigió sus ojos hacia la villa y vio a Hyōjū en la lejanía todavía lavando cebada. En ese momento pensó que había hecho algo bueno para compensar el robo de la anguila. Al día siguiente recogió bastantes castañas en la montaña y se dirigió a la casa de Hyōjū. Miró por la puerta trasera y pudo observar a Hyōjū comiendo el almuerzo, aunque más bien estaba absorto en sus pensamientos. En una inspección más profunda pudo ver una herida en su mejilla y, mientras Gon se preguntaba qué era lo que había pasado, Hyōjū comenzó a murmurar:
—¿Quién habrá dejado esas sardinas en mi casa? Gracias a eso pensaron que era un ladrón y ese vendedor me hizo pasar un mal rato.
Gon supo que había cometido un error. Aquel vendedor de sardinas golpeó al pobre Hyōjū e incluso le lastimó la mejilla. Mientras estos pensamientos rondaban su cabeza, caminó hasta la bodega donde se había escondido antes y dejó las castañas en la entrada antes de regresar a su madriguera. Hizo lo mismo al día siguiente y también el que le siguió; juntó algunas castañas e incluso algunos hongos matsutake y se los llevó a Hyōjū.
4
Una noche con una luna hermosa, Gon decidió salir a dar un paseo. Caminaba cerca del castillo de Nakayama cuando escuchó voces provenientes de un sendero aledaño acompañadas por el canto de los grillos. Gon se hizo a un lado para esconderse y observar. Las voces se escuchaban cada vez más cerca. Eran Hyōjū y uno de sus vecinos, Kasuke.
—Oye, Kasuke —dijo Hyōjū.
—¿Sí?
—Últimamente me han estado pasando cosas muy extrañas.
—¿Cómo qué?
—Desde que murió mi mamá, todos los días alguien
ha estado dejándome castañas y matsutake en la puerta de entrada.
—Eh, ¿quién?
—No lo sé, siempre las dejan cuando no me doy cuenta.
Gon los comenzó a seguir.
—¿De verdad?
—Es verdad, si no me crees, ven mañana a mi casa, te mostraré las castañas yo mismo.
—Vaya, sin duda es algo extraño.
En ese momento ambos callaron y siguieron su camino. Kasuke volteó y Gon se vio en la necesidad de detenerse y achicar su cuerpo lo más que pudo. Por suerte, el hombre no se percató de su presencia y no frenó su andar.
Al llegar a la casa de Kichibe, otro habitante de la villa, entraron en ella. Se podía escuchar el sonido de un pequeño tambor ceremonial al tiempo que la sombra de la cabeza afeitada de un monje se proyectaba en el papel de las ventanas. —Están rezando —pensó Gon mientras se acurrucaba al lado de un pozo. Pasado un tiempo llegaron otras tres personas a la casa de Kichibе y entraron sin que se detuviera el canto de los sutra.
5
Gon se quedó junto al pozo hasta que terminó la ceremonia. Hyōjū y Kasuke caminaron juntos a casa, él los siguió en un intento por escuchar su conversación, siempre a la sombra de Hyōjū. Al llegar frente al castillo, Kasuke dijo:
—De lo que me hablaste antes, estoy seguro de que es obra de los Dioses.
—¿Qué? —dijo Hyōjū mirando a Kasuke.
—Lo he estado pensando desde que me lo dijiste.
No importa desde dónde lo veas, no es un humano. Son los Dioses. Los Dioses se han apiadado de ti porque
te quedaste solo y te bendicen con esas cosas.
—A lo mejor.
—Claro que es así, por eso debes agradecerles todos los días.
—Así lo haré.
En ese momento Gon pensó:
—¡Vaya! Estos dos sí que son frívolos. Yo soy el que lleva las castañas y los matsutake todos los días, pero no me agradecen a mí, sino a los Dioses. ¡Pero qué injusto!
6
Al día siguiente Gon recogió unas cuantas castañas y se dirigió a la casa de Hyōjū, quien se encontraba en la bodega tejiendo una cuerda, por lo que Gon tuvo que entrar sigilosamente a la casa por la puerta trasera. En ese momento Hyōjū levantó la mirada y vio a un zorro entrar a su morada. ¿Acaso no era el mismo zorro que hace unos días le había robado su anguila? Ese maldito Gon, de seguro había ido para hacerle otra travesura. —Muy bien, vamos a averiguarlo —Hyōjū se levantó, tomó la escopeta que guardaba en el cobertizo
y, llenándola de pólvora, se acercó silenciosamente a la casa. Gon se disponía a dejar el lugar cuando se escuchó un disparo. El animalito se desplomó. Hyōjū se apresuró al interior de la casa y, al dar un vistazo, pudo observar las castañas dispersas por el piso de tierra.
—¿Pero qué es esto? —pensó Hyōjū impactado dirigiendo la mirada hacia Gon.
—Así que eras tú, Gon. Eras tú el que siempre me traía esas castañas.
La fuerza escapaba del cuerpo de Gon y, sin siquiera poder abrir los ojos, solo asintió.
Hyōjū dejó caer el arma al piso mientras una delgada columna de humo azul aún escapaba por el cañón.

